El coche parlante, inteligente, o más bien listillo, y, lo más seguro, «cargante», ya está a la vuelta de la esquina. Para dentro de dos años nos lo fía Wolfgang Wahlster, director del Centro Alemán de Investigación de Inteligencia Artificial.
Cuando hace unas décadas la televisión nos metía en mitad de la merienda -entre la nocilla y el tulipán- las aventuras del coche fantástico nos quedábamos acongojados. ¡Manda congojes! nos espetábamos los escépticos. Pero que listo era el «joío coche». Era incluso más listo que el héroe cachas que lo conducía. A veces, hasta tenía sentimientos, el coche, se entiende. Bueno pues aquello que nos parecía una pura fantasía, típica de los guionistas norteamericanos de teleseries, está a punto de convertirse en realidad, según el bueno de Wolfgang. El centro que dirige ha diseñado -y ya ensayado- un sistema para que los coches «reconozcan pautas de comportamiento, capten señales sensoriales, verifiquen la edad el sexo y estado cognitivo del conductor, y hasta pueda conversar con él para facilitarle la información que necesite». Hasta aquí podría parecer que damos «positivo» al primer soplo, pero no, el aparatito se ha probado en algunos modelos de marcas tan acreditadas como BMW o Mercedes, y esas son palabras mayores.
El sistema funciona mediante un ordenador con el que el conductor se comunica a través de la voz. Y sirve, por ejemplo, para que el vehículo le informe, mediante GPS, de dónde se encuentra la gasolinera más próxima y con el combustible más barato. O para advertirle de la presencia de radares de la Guardia Civil para que levante el pie del acelerador y no se juegue los puntos del carné. O sea, para hacer trampas. O para bajarse de internet la canción que le apetezca en ese momento o para saber el máximo goleador de la Liga. Es tan listo el «ordenata» que es capaz, incluso, de adivinar, por el tono de voz, el sexo o la edad de quien vaya al volante. Un chivato, vamos. Y todo con una mera «charleta» entre amiguetes. Y como va de amiguetes, también es capaz de avisarle si está nervioso o si está realizando una maniobra arriesgada. En este caso, le abronca y le obliga a concentrarse.
Pero lo más sorprendente del invento es que es capaz de establecer un diálogo entre vehículos. Por ejemplo, para avisar mediante sensores al que va detrás de que hay una incidencia en la vía o de que entramos en un área con tormenta local y hay riesgo de deslizamientos. Y esto está muy bien para Alemania y los países educados, pero en España, con el tradicional déficit en urbanidad que nos caracteriza, lo más probable es que enseñemos al sistema a insultar al coche de al lado y a dar cortes de manga al que nos viene pisando los talones. O a echarse la culpa cuando haya que soplar en el «borrachómetro».
El ordenador es tan naturalmente inteligente y tan artificialmente sentimental que puede convertirse en una estupenda compañía cuando en los consabidos regresos la parienta copiloto o el pariente copiloto van «fritos» en el asiento de al lado como si el conductor fuera una prolongación del vehículo, o sea, un simple piloto automático. Esperemos que en esta era en la que el hombre es cada vez más máquina y la máquina cada vez más hombre no terminemos enamorándonos del surtidor de gasolina, una de las pocas voces amables y educadas de la jornada que nos da los buenos días y nos despide con el buen deseo de que tengamos un buen viaje. O casándonos con el comprensivo coche del futuro inmediato. Fantástico.
Cuando hace unas décadas la televisión nos metía en mitad de la merienda -entre la nocilla y el tulipán- las aventuras del coche fantástico nos quedábamos acongojados. ¡Manda congojes! nos espetábamos los escépticos. Pero que listo era el «joío coche». Era incluso más listo que el héroe cachas que lo conducía. A veces, hasta tenía sentimientos, el coche, se entiende. Bueno pues aquello que nos parecía una pura fantasía, típica de los guionistas norteamericanos de teleseries, está a punto de convertirse en realidad, según el bueno de Wolfgang. El centro que dirige ha diseñado -y ya ensayado- un sistema para que los coches «reconozcan pautas de comportamiento, capten señales sensoriales, verifiquen la edad el sexo y estado cognitivo del conductor, y hasta pueda conversar con él para facilitarle la información que necesite». Hasta aquí podría parecer que damos «positivo» al primer soplo, pero no, el aparatito se ha probado en algunos modelos de marcas tan acreditadas como BMW o Mercedes, y esas son palabras mayores.
El sistema funciona mediante un ordenador con el que el conductor se comunica a través de la voz. Y sirve, por ejemplo, para que el vehículo le informe, mediante GPS, de dónde se encuentra la gasolinera más próxima y con el combustible más barato. O para advertirle de la presencia de radares de la Guardia Civil para que levante el pie del acelerador y no se juegue los puntos del carné. O sea, para hacer trampas. O para bajarse de internet la canción que le apetezca en ese momento o para saber el máximo goleador de la Liga. Es tan listo el «ordenata» que es capaz, incluso, de adivinar, por el tono de voz, el sexo o la edad de quien vaya al volante. Un chivato, vamos. Y todo con una mera «charleta» entre amiguetes. Y como va de amiguetes, también es capaz de avisarle si está nervioso o si está realizando una maniobra arriesgada. En este caso, le abronca y le obliga a concentrarse.
Pero lo más sorprendente del invento es que es capaz de establecer un diálogo entre vehículos. Por ejemplo, para avisar mediante sensores al que va detrás de que hay una incidencia en la vía o de que entramos en un área con tormenta local y hay riesgo de deslizamientos. Y esto está muy bien para Alemania y los países educados, pero en España, con el tradicional déficit en urbanidad que nos caracteriza, lo más probable es que enseñemos al sistema a insultar al coche de al lado y a dar cortes de manga al que nos viene pisando los talones. O a echarse la culpa cuando haya que soplar en el «borrachómetro».
El ordenador es tan naturalmente inteligente y tan artificialmente sentimental que puede convertirse en una estupenda compañía cuando en los consabidos regresos la parienta copiloto o el pariente copiloto van «fritos» en el asiento de al lado como si el conductor fuera una prolongación del vehículo, o sea, un simple piloto automático. Esperemos que en esta era en la que el hombre es cada vez más máquina y la máquina cada vez más hombre no terminemos enamorándonos del surtidor de gasolina, una de las pocas voces amables y educadas de la jornada que nos da los buenos días y nos despide con el buen deseo de que tengamos un buen viaje. O casándonos con el comprensivo coche del futuro inmediato. Fantástico.
