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Short Stories in Spanish - Cuentos en español





eliantokaos
Hello, I would like to know if there are people here who would like to interchange writings & opinions. I am italian, but I've been in Spain several years. There I began writing and I won, in 1997 a national short story competition.

For the ones who could be interested, I'll post here my first tale. Hope you can read it and enjoy it. Let me know if you liked it.

..................

Hola a todo el mundo. Me gustaría saber si aquí hay alguien al que le gustaría intercambiar lecturas y opiniones. Yo soy italiano,pero he estado viviendo en España varios años. Allí es donde empecé a escribir, y donde llegué a ganar un premio nacional de relato breve (depués de lo cual ya no participé en concursos)

Por si alguien está interesado, voy a postear un cuento. Espero que os guste.


Pasta Nostra

(Magdalena italiana o La búsqueda de la pasta perdida)



Puede que parezca raro, pero lo primero que me viene a la memo¬ria es un pedo. Un gran pedo. Puede que parezca raro que empiece todo así porque hubo cosas antes: el viaje, la llegada, las primeras palabras en un inglés más bien mascado; pero si tengo que pen¬sar en ello, si tengo que re¬cordarlo, la primera imagen que se me aparece es exactamente aquella: un gran pedo. Un pedo so¬noro, re¬tumbante en el silencio de piedra de ese chalet irlandés; un pedo rotundo y tajante, pero tierno y caliente como un edredón, pa¬triótico y año¬rante (recuerdo bien que lo pensé así, que aquellos eran los gases de lo que había co¬mido el día anterior, todavía en mi tierra, eso seguro, porque durante el viaje no había probado nada y que por eso). Lo husmeé a fondo. Sabía a pasta fres¬ca. La de mi mamá.
Me conmovió.
Y conmovió las cosas más pequeñas, los cordones de los zapatos que has¬ta ayer habían pateado un suelo familiar, esas hojas secas que me había regalado mi novia antes de marcharme, el colgante de piedra azul, otro regalo. Todo lo sacudió. Rugido casi airado, miste¬rioso lenguaje que mi trasero (yo en toda mi entereza) ponía a disposi¬ción del aire para que éste lo llevara más allá de las altas copas de los árboles, volando hacia esas per¬sonas que seguían esperando mis noti¬cias, que se habían pasado una vida espe¬rando mis noticias. Mi madre me lo había dicho:
—Cuando llegues, llámame.
—Vale, mamá.

Recuerdo que eso me lo decía siempre: he estado cerrando tantas male¬tas en mi vida que casi no me acuerdo, pero por entonces hacía ya tiempo que había empezado a sen¬tir algo como una nostalgia, el haber dejado cosas sin terminar o tal vez incluso por em¬pezar, co¬sas que habían quedado arrin¬conadas, algún cofrecito sin abrir que comenzaba a recla¬marme allí, en Italia. Y, sin embargo, por algo como una costumbre o un miedo a buscar esos rinco¬nes, esas cajitas, seguí cerrando maletas. Pero ahora la cosa era algo di¬ferente. Al fin y al cabo, no tiene nada de extraño que fuera un pedo el que me conmoviera, esos gases de una pa¬tria lejana y llena de cofrecitos sin abrir. Porque esta vez yo había tenido que fugarme.
Me marché a los pocos días de volver de Tanzania, casi decidido ahora a quedarme por¬que mi madre me reclamaba, porque mi novia también, porque sobretodo los cofreci¬tos, esos rincones sin barrer donde debajo de un polvo artificial había algo como gatitos llo¬rando, voces calladas que habían ido in¬crustándose en la boca de mi estómago pi¬diéndome a gri¬tos una explicación, un desentrañamiento.
Yo estaba en la lista, según me dijo mi padre. Como muchos otros. Más de media ciu¬dad había ingresado paulatinamente al grupo amarillo de los macarroni y la otra mitad espe¬raba en silencio o sólo comentando la situación en voz baja y en casas de amigos y con¬fiados. Después del golpe de Estado ya era imposible hablar de eso, de cómo el Gene¬ralísimo Barilla estaba con¬virtiendo nuestro país en la más grande fábrica de ma¬carroni del mundo, de su imperialismo amarillo, de sus sueños de grandeza. Había al¬gunos que des¬cui¬daban: que todo eso era un hallazgo publicitario, que la economía había mejorado, que to¬dos comíamos mejor. Pero no era fácil aceptar que a uno lo pa¬raran cuando, apurado, ta¬coneaba a las dos menos cinco en pleno Corso Garibaldi, cal¬culando el tiempo de lle¬gada a la oficina, para clavarlo allí, en medio de la acera y obligarle a hacer caca en el analizador. Sentado en plena acera sobre el analizador has¬ta que algo saliera, la cantidad suficiente para po¬der analizarla, apurar si eras un traidor, si habías ingerido alguna otra marca de pas¬ta, de las puestas al bando. Y cuando eso, lo peor. Todo allí, en plena calle y delante de las miradas acusadoras de los paseantes. Porque todos fin¬gían mirarte así, frunciendo el ceño vistosamente, re¬torciendo todos los músculos de la cara para que sólo quedara una mi¬rada de asco, de repugnan¬cia: «está en la lista, no come lo que nosotros, es un traidor». Fruncir el ceño, alargar los cuellos comentando en voz alta para que los policías vieran, supie¬ran que eran del bando bueno, que ellos sólo pasta alimenticia de calidad su¬perior, de sémola de trigo duro; que ellos sólo Barilla Autárquica. Es asquero¬samente asombroso lo hipócrita que se pone el pueblo en estos casos.

Mi familia siempre fue de izquierdas. Y mi madre hacía la pasta en casa. Fue por eso por lo que a mi padre no le extendieron la cartilla de raciona¬miento. Y fue también por eso por lo que seguimos comiendo lo de an¬tes, en contra de la ley. A mi padre lo pararon un día en plena Avenida de los Fusilli, mien¬tras paseaba el perro, dos guardias cogiéndolo con fuerza por los hombros. Sacaron la maquinaria analizadora y el viejo supo que había lle¬gado su hora. Y la del perro, claro, porque él también pasta de mamá. No opuso resis¬ten¬cia y cagó. Y mucho además, porque —así dijo cuando me lo contó— ya que tenía que hacerla, por lo menos la haría toda, ahorrando el agua y el papel higiénico de casa que estaban racio¬nados y escaseaban. El análisis duró algo como me¬dia hora. Y lo averi¬guaron, claro. Fue entonces cuando empezó el castigo. El que todos temían. En otros tiempos, en otras fechas hubo quien suminis¬trara aceite de ricino; otros, simple¬mente, ejecutaban. A mi padre, como a mu¬chos otros, lo pintaron. El soldado ejecutor (licenciado en Bellas Artes, el Régimen era ri¬guroso en estas cosas) tardó un par de ho¬ras en llevar a cabo el suplicio. Cuando mi padre me lo contó parecía casi orgulloso de haber pasado por aquello, de ha¬ber sido convertido en un macarrón an¬dando, amarillo des¬de los pies hasta la punta de los cabellos, a rayas y con efectos tridimensiona¬les. Le desnudaron y, en cueros, en plena Avenida de los Fusilli, le fusillaron con pintura al óleo amarilla (amarillo de Nápoles, cómo no). La brocha, gruesa y sensual, empezó a pintarle la cara recién afeitada, bajó a las espaldas, se detuvo con saña en su sexo ya viejo dando vuel¬tas como si estu¬viera enroscando tallarines y terminó en las piernas bajando en espiral mientras dibu¬jaba unos fusilli. Al perro le pasó lo mismo, pero sin averiguación porque no quiso hacer caca. Cuando mi padre me lo dijo, yo acababa de volver, decidido a quedarme ya de una vez. Yo también estaba en la lista. Sin embargo, aquel terco izquierdismo de mi fami¬lia me repugnaba y nunca había conseguido entender ese orgullo obrero del que tanto se pre¬ciaba mi pa¬dre. Me asqueaban el autoritarismo, la intolerancia, las dic¬tadura, de cual¬quier pasta estuvieran he¬chas. Ni yo había logrado nunca apoyarme a nin¬guna corriente. Era como estar de vuelta de todas estas cosas: me quedaba todo estrecho. Y decidí lar¬garme otra vez. Pero ahora sin ga¬nas y dejando de nuevo todos los cofrecitos sin abrir. Dediqué los pocos días que me quedaban para estar con Graciela y con¬tarle que que¬ría abrir cofrecitos y barrer el polvo de los rincones. Pero no me entendió, aparte de lo del polvo, que sobre¬en¬tendió.

No sé por qué pero cuando los viejos fueron a despedirme al aero¬puerto y los vi jun¬tos, mi madre arrimando los nudillos a las gafas y mi padre con la cara de siempre, como escondiendo milenios de desilusio¬nes (quizá también este hijo que se le iba otra vez, re¬belde hasta a la rebeldía, por no tener que luchar para defender a los macarrones de mamá) casi se me desempolvan todos los rin¬cones de un lagrimazo. Pero mamá eso lo entendía, de alguna manera mamá siempre lo entendió, eso sí, sin terminar de entenderlo nunca, e incluso sabía que esta vez yo me iba de mala gana, porque los cofrecitos.
Tal vez hubiera debido quedarme allá, volver atrás para rea¬nudar los hilos, abrir de nuevo aquellas cajitas que había ido cerrando gradualmente cuando me fui por la pri¬mera vez, pensando que mi vida no estaba allí, que debía bus¬carla por otras latitudes. Vol¬ver a charlar con Martín, como hacía de pequeño, con ese amigo imaginario que tenía por entonces, Martín con su bufanda y su diente de madera que se podía quitar. Me acuerdo de cómo lloré un día cuando Martín se me apareció cambiado. Me fui corrien¬do y llo¬rando a mi mamá que estaba en la cocina, haciendo la pas¬ta, claro. Y ella lo sabía ya.
—Martín tiene barba, ¿verdad?—, me dijo.
Tal vez hu¬biera debido quedarme. Pero estaba demasiado acos¬tumbrado a cerrar maletas. Y lo que me dijo mi madre, además.
—Deberías quedarte. Nuestra pasta vale más. Deberías luchar por ello.

No sé por qué elegí Irlanda. Creo que por olvidar el amarillo de mi pa¬dre. Y del perro. Ir¬landa era verde y mi inglés bastante malo. Huía, claro, pero allí aprendería inglés. En fin, que había que sacarle algo po¬sitivo a la cosa. Tal vez hubiera logrado cerrar de una vez esos cofreci¬tos que seguían reclamando una llave, silenciar esas voces como de ga¬titos llorando, empezar desde cero. Pero la pasta, allí no iba a haber pas¬ta de mamá . Y fue por eso por lo que antes de marcharme le rogué a mi madre que me preparara una des¬pe¬dida macarrónica. Mamá se quedó en la cocina toda la mañana mientras mi padre andaba un poco entre enojado y medroso a causa del Grupo de Hus¬meo y Control de Chime¬neas que, por lo vis¬to, era un servicio activo e impla¬cable. No pasó nada. Y yo comí in¬tentando fijar en mi memoria cada mo¬mento, el sabor de cada bocado y hasta saqué fo¬tografías de los platos. De los tallarines con setas y pimientos, de los fusilli a la alba¬haca, de los gnocchi de pata¬tas (cuando mi padre vio lo amarillo que estaban, quiso que le fotogra¬fiára¬mos junto al plato. Ese orgullo obrero...), de los malcortados a la san¬sal¬vesa.
—Yo que el General —le dije a mi madre, bromeando— te haría primer mi¬nistro.
Mi madre me miró con aire de reproche.
Me atiborré. Y en Irlanda vino el pedo a recordarme esa comilona, y que habría te¬nido que que¬darme, y que los cofrecitos.
Irlanda era verde. Demasiado verde. Una pesadilla. Fue por eso por lo que me alegré cuando, des¬pués de unos meses, (yo me había resignado a ser olvi¬dado: era la oveja negra de la familia, el que se había escapado), empezaron a llegar las primeras cartas amarillas. Al prin¬cipio eso me pa¬reció raro. Raro que mi madre utilizara papel amarillo, después de lo de papá, después de lo del General, del Golpe de Estado Amarillo y de la Pasta Autár¬quica. Y es que también Graciela. Pensé que era por lo del racionamiento, que sólo les pro¬porcio¬naban ese tipo de papel. Sin embargo me extrañaba. Con lo obreramente orgulloso que an¬daba mi pa¬dre. Y mi madre, al fin y al cabo, porque también ella, aun¬que siempre entendió lo de los co¬freci¬tos, —eso sí, sin entenderlo nunca—, aunque me hubiese dicho «deberías quedarte». Pero había algo en el tono de las cartas. Mi madre me decía que todavía estaba a tiem¬po, que vol¬viera, que no me iban a hacer nada (¿hacerme nada? me consideraban un desertor de la revolución, eso querían hacerme com¬prender. Hasta mi madre) que si no estaría obli¬gada a. Sólo Graciela pa¬recía seguir conmigo, y eso que también ella en papel amarillo. «Han cam¬biado muchas cosas. No vuel¬vas. Te quiero».

Irlanda fue un pedo. Fueron muchos pedos. Una pesadilla. El pri¬mero fue el de aquella mañana en la que llegué a mi chalet. Aquellos gases añoran¬tes de una patria sumida en la más horrible de las dictadu¬ras. Yo me había es¬capado, y el pedo venía a recordár¬melo. Y fue para olvidarlo, para matar de una vez ese sentido de culpa, para rematar la comilona del día anterior, que vino el segundo pedo, por la noche, en un pub. Pero lo que más me ex¬trañó fue el seguir despertándome, por las mañanas, con unos gases que seguían oliendo como el primero, a pasta de mamá , aunque yo ya no comiera pasta y hacía tiempo que había dejado hasta de mirar las fotografías. Una pesadilla, ya se lo dije. Yo quería olvi¬darlo, olvidarme de mi patria, de lo que lo estarían pasando mis pa¬dres; de mi madre y «estás en tiempo, vuelve no nos obligues a». Olvidarme de los co¬frecitos (por eso me había llenado el chalet de caji¬tas, todas abiertas y vacías) y hasta de Graciela, la última en escri¬birme. «Van a por ti. Si me quieres, huye». No volví a contes¬tarles. Quería ol¬vidarlo todo, y pedo. «Van a por ti. Te pintarán. Vete». Una pe¬sadilla.
...........................

Cuando terminaron, la primera gota se apartó de mi y corrió lejana. En¬tre ella y yo, la pin¬tura amarilla compacta, fresca, aceitosa; una gota cayendo por mi mejilla, y luego otra, y otra, hasta que fueron muchas mientras escu¬chaba todo lo que yo tenía de re¬belde, de enemigo de la patria, el General y mi madre subidos al tablado (de pasta, amarillo, horri¬ble) y robándose el aire para que sus frases me hicieran tomar con¬ciencia, para desper¬tarme de la lo¬cura de haberme metido con ellos, con los que tenían la gran manija orde¬na¬dora de sesenta millones de estómagos mientras en mi estómago había algo, algo que no sabía bien qué era, pero que estaba ahí innombrable y que me hacía llorar. Yo llo¬raba y ni tenía ganas de preguntarme qué diablos me pa¬saba en medio de esta tristeza (eso había en mi estómago, tristeza) que se volvía ab¬surda en mi yo ama¬rillo, impermeable, que no dejaba que las lágri¬mas mojaran mis mejillas allí, en el cen¬tro de la plaza, solo, mien¬tras el cielo, azul y cortante, caía sobre los soldados en fila (allí, el primero de la fila, el que acababa de pintarme) y sobre el palco donde estaban el General y mi madre, recién nom¬brada primer ministro a cambio de su receta de pas¬ta de mamá . Toda la plaza era un enorme silencio con hojas. El Ge¬neral y mi ma¬dre se habían pronunciado y el General comenzaba a le¬vantar su pierna. Lo¬gré alcanzar la mirada de Graciela, llorando, con el col¬gante de piedra azul en una mano y aquellas hojas que me regaló en la otra. Entonces el general, ya con la pierna bastante levantada, giró sobre sí mismo, casi poniéndose de espaldas al micrófono.
Su gran pedo —sonoro, retumbante, pedo patriótico, pedo de pasta de mamá— rom¬pió el silencio de la plaza.
eliantokaos
Mhhhmmm... acabo de ver que en el corta pega desde Word debe de haber pasado algo, porque muchas palabras aparecen cortadas por un símbolo en medio. Lo siento, porque eso dificulta la lectura.

La próxima vez veré si lo puedo evitar.

Bueno, espero que, sin embargo, el cuento os guste.
elincinerador
i'm replying in english because this section is in english!! anyway, you like spanish short stories?? i'm going to recommend you some great authors of short stories: julio cortazar (book: todos los fuegos el fuego), gabriel garcia marquez (book: la increible y triste historia de la candida erendira y su abuela desalmada), alejo carpentier (story: viaje a la semilla), jose luis borges...
if you like literature in spanish you should had read garcia marquez's cien años de soledad for sure... if you did not, well... what are you waiting for?
i'm reading now a novel from carpentier, el reino de este mundo, which surprises me by the level of writing.. i'm glad you like to read in spanish. it's definetly the best. and it's the first time i'm able to post something like this here, so thank you.
eliantokaos
Yes, I know all of them, and I've read them, practically all (I studied spanish literature in the university). Cortázar is my favourite one and I read everything he wrote (also that stuff that he didn't want to publish and that his ex-wife published after he died... just to make some money, you know).

Did you read his novels? (Rayuela, 62-Modelo para armar, etc.) Rayuela is one of the best novels I've ever read. It really scratch your soul (or whatever we ususally call "soul"). And other stuff like "Historias de cronopios y famas"? or "Un tal Lucas"?. Brilliant. Really brilliant.

Definitivelly, Cortázar, Borges, Adolfo Bioy Casares, Juan Rulfo (another brilliant) are some of the best.

About García Márquez, generally speaking, I have to say that after "Cien años de Soledad", nothing of what he wrote touched me too much. I read practically everything of him, but I never re-read his books (apart "Cien años de soledad" which I read four or five times).

There are lots of unknown writers writing really good stuff in ARgentina and Colombia, just to mention a couple of nations (sometimes there are good short stories in
http://www.barcelonareview.com/cas/index.htm

Enjoy it!
eliantokaos
By the way, are spanish?

Hasta pronto.
zurdosoft
My preferred is Pablo Neruda.
Becouse love speak.
Other is the tango letters from Argentina.

Good luck
elincinerador
eliantokaos wrote:
(...) Definitivelly, Cortázar, Borges, Adolfo Bioy Casares, Juan Rulfo (another brilliant) are some of the best.

About García Márquez, (...)

eliantokaos wrote:
By the way, are spanish?

Hasta pronto.


here's a (late) answer to your question: cortazar, borges and bioy casares are all argentinians. great country, isn't it? rulfo is mexican, and garcia marquez is colombian.
you'll hardly find any author of "realismo magico" from spain, because this is most latin american. and, if you liked these, you have to try carpentier (cuban)
mzonas
hello, and excuse me, I think there is english forum section. I saw section for Spanish...

Does anybody like if I start post books in lithuanian? I think no one would like it, coz here most of people learn english.
Rowenna
Hello:

I think the reason you see parts of the postings in Spanish is because they are discussing Spanish/Latin American literature. If you are interested in this topic you should also be interested in Spanish. If you are not then you should read and post in sections that interest you.

I'm sure if you find enough people interested in Lithuanian literature you could quote in that language.

If you are only interested in learning English then obviously Spanish literature should not be one of your interests.

Smile Smile
mzonas wrote:
hello, and excuse me, I think there is english forum section. I saw section for Spanish...

Does anybody like if I start post books in lithuanian? I think no one would like it, coz here most of people learn english.
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