Acabo de escuchar un chascarillo gracioso en la tele, y como me ha gustado, os lo cuento.
Resulta que en una plaza de toros, había un aficionado, muy exigente, que solia increpar duramente a los toreros cuando éstos no se comportaban con la valentía y el oficio que les era exigible. Como este aficionado se sentaba en barrera, a los toreros les llegaban claramente sus epítetos.
Una vez, un torero con carácter, harto de escuchar los improperios del aficionado en cuestión, preguntó quién era aquel hombre, y le dijeron su nombre y que tenía un negocio de óptica.
Al día siguiente, el torero se presentó en la óptica del aficionado protestón. Inmediatamente se reconocieron uno al otro, pero se lo callaron. -Buenos días, dijo el óptico, ¿qué se le ofrece? -Pues mire Vd, le contestó el torero, yo quería unas gafas de sol. El óptico le enseñó unas gafas, y el torero, que estaba enfrente, se las probó, y dijo: -No están mal, pero yo a estas gafas les veo un defecto. ¿Un defecto? preguntó el óptico, ¿qué defecto? Pues, dijo el torero mirando al óptico, que solo sirven para ver hijos de puta.
El óptico, que no era persona que se achantase fácilmente, le pidió las gafas al torero, se las puso, le miró y le dijo: tiene Vd. razón, pero con estas gafas, además de hijos de puta, se ven malos toreros.
Resulta que en una plaza de toros, había un aficionado, muy exigente, que solia increpar duramente a los toreros cuando éstos no se comportaban con la valentía y el oficio que les era exigible. Como este aficionado se sentaba en barrera, a los toreros les llegaban claramente sus epítetos.
Una vez, un torero con carácter, harto de escuchar los improperios del aficionado en cuestión, preguntó quién era aquel hombre, y le dijeron su nombre y que tenía un negocio de óptica.
Al día siguiente, el torero se presentó en la óptica del aficionado protestón. Inmediatamente se reconocieron uno al otro, pero se lo callaron. -Buenos días, dijo el óptico, ¿qué se le ofrece? -Pues mire Vd, le contestó el torero, yo quería unas gafas de sol. El óptico le enseñó unas gafas, y el torero, que estaba enfrente, se las probó, y dijo: -No están mal, pero yo a estas gafas les veo un defecto. ¿Un defecto? preguntó el óptico, ¿qué defecto? Pues, dijo el torero mirando al óptico, que solo sirven para ver hijos de puta.
El óptico, que no era persona que se achantase fácilmente, le pidió las gafas al torero, se las puso, le miró y le dijo: tiene Vd. razón, pero con estas gafas, además de hijos de puta, se ven malos toreros.
